Sombras en el despacho

Habían pasado cinco días desde que Dominic Viasov, aterrado por la obsesión de Kevin Volkov hacia su hija, decidió convertir la mansión en una fortaleza. Jenny estaba encerrada, consumida por un aburrimiento que empezaba a transformarse en desesperación. Sabía que la única forma de salir era a través de Moisés; su padre confiaba en él ciegamente, considerándolo el único hombre capaz de mantenerla fuera del alcance de los Volkov.

Jenny no lo dudó más y tomó su teléfono, marcando con dedos temblorosos.

—¿Hola? ¿Prima? —respondió Moisés al otro lado de la línea.

—Moisés, necesito que vengas por mí —suplicó ella, con la urgencia tiñéndole la voz—. Solo contigo me dejarán salir. Me estoy volviendo loca aquí dentro, por favor.

—Está bien, Jenny. Trataré de pedir permiso a tu padre. Si lo permite, te llevaré conmigo.

—Gracias, primito. Sabía que contigo sí podía contar. Te espero, no tardes.

Pasaron treinta minutos que parecieron una eternidad. Dominic, fiel a su confianza en Moisés, accedió, aunque bajo la estricta condición de no desviarse ni un centímetro de su casa. Al llegar a la residencia de Moisés, Leonel estaba allí, aguardando en la penumbra. Cuando Jenny bajó del auto, la mirada del "monstruo" se clavó en ella con una intensidad eléctrica; era una posesividad tan cruda que la joven sintió un escalofrío recorrerle la nuca.

Una vez dentro, Moisés le indicó a Jenny que esperara en la sala. Para ella fue un alivio; la sola presencia de aquel hombre, con su gabardina oscura y sus ojos fríos, la intimidaba hasta el tuétano.

Cuando Moisés y Leonel entraron al despacho y cerraron la puerta, el aire se volvió pesado.

—Leonel, si esto tiene que ver con la mafia, debes saber algo —dijo Moisés, bajando la voz—. Jenny no sabe nada. Nadie en mi círculo conoce mis vínculos, ni que estoy conectado a ti.

Leonel se mantuvo impasible, observándolo con esa frialdad de acero.

—Bien —respondió con calma—. Dime, ¿qué es ella para ti?

—Es la hija de Dominic Viasov. Él y mi padre eran hermanos.

Al escuchar ese nombre, una corriente de hielo recorrió la columna vertebral de Leonel. El nombre de Dominic Viasov no era un simple dato para él; era una pieza fundamental de su infancia robada. Leonel recordó al instante los archivos que Jack le había entregado años atrás: Dominic no solo era el padre de Jenny, sino que había sido socio de su propio padre biológico y uno de los pocos hombres que mantuvo su lealtad a los Dragomir antes de la caída.

La mandíbula de Leonel se tensó. El hecho de que la chica que lo tenía obsesionado fuera, precisamente, la sobrina de un aliado perdido de su padre, cambiaba las reglas del juego. Ya no se trataba solo de una mujer para su heredero; era una pieza maestra en su tablero de venganza.

—Moisés, hay que hacer un viaje. Es hora de auditar a este tipo; está a tres horas de aquí —ordenó Leonel, su mente trabajando a mil por hora—. El Anexo no puede esperar.

La mafia en la que operaban era distinta: una organización privada llamada Anexo, una red que operaba a nivel mundial y que buscaba chips dentro de los que estaban en la misma organización; chips que ellos debían recuperar.

—¿En qué horario partiremos? —preguntó Moisés, sintiendo el peso del peligro.

—A las diez de la noche. —Leonel deslizó un pequeño chip sobre la mesa—. Debes revisarlo antes de ir.

Moisés lo tomó y lo guardó en su cajón con llave. —Lo revisaré cuando Jenny ya no esté aquí.

Leonel caminó hacia la puerta con una parsimonia que cortaba la respiración. Se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo. No se giró. No le dio a Moisés el beneficio de ver su rostro, permitiendo que la frialdad de su voz llenara cada centímetro de la habitación como si fuera veneno gaseoso.

—Desde hoy, espero verla más seguido, Moisés —sentenció, con esa gélida cadencia que no admitía réplica—. A menos que prefieras que sea yo mismo quien se presente ante Dominic Viasov y le explique quién soy.

Cuando Leonel salió, cerrando la puerta tras de sí, Moisés apenas estaba procesando lo que Leonel le había dicho.

Maldición, ¿le gusta Jenny? Es imposible. Dominic y todos, incluso su propio padre, creen que está del lado de los Volkov; nadie sabe que él huyó de las garras de Lucien. Jenny no puede estar con Leonel, y si no lo obedezco, Leonel es capaz de buscarla y manifestarse ante Dominic. No lo puedo permitir, pensó.

Enseguida se puso de pie y abandonó el despacho, dirigiéndose a la sala.

—¿Moisés, pasa algo? —preguntó ella al ver la preocupación en su rostro.

—Nada, prima, solo estaba hablando de negocios con Leonel.

—Moisés, ¿te llevas bien con él?

—Sí —respondió. En realidad, aunque Leonel era más frío, sí se llevaba bien con Moisés y Saúl.

—Moisés, ya no andas tan bromista como siempre lo fuiste. Últimamente te estoy viendo más serio y preocupado.

—No es que... en realidad tengo mucho trabajo, Jenny. Es solo eso, tranquila —respondió, forzando una sonrisa.

—Jenny, mañana pasaré por ti otra vez, así no te vas a aburrir en tu casa.

Moisés era consciente de que si no cumplía con Leonel, él sería capaz de manifestarse, y Moisés quería evitar a toda costa que Dominic lo viera.

—Sí, ¡qué bien! —respondió Jenny.

Moisés y Jenny pasaron el resto del tiempo juntos, intentando actuar con normalidad. Para Moisés, Jenny era como una hermana menor a la que debía proteger; sin embargo, ahora el peso en su pecho era distinto: sabía que Leonel estaba queriendo algo muy serio con ella, y esa revelación transformaba su deber en una pesadilla de vigilancia.

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