Después de asegurarse de que cada detalle de la hacienda estuviera bajo control, Leonel se dirigió a la recámara de invitados. Su corazón, frío y calculador por naturaleza, dio un vuelco inusual cuando se paró frente a la puerta de madera tallada.
Toc, toc.
La voz cálida de Jenny resonó desde el interior.
—Ya voy —dijo ella. Se escuchó el roce de una tela fina contra la piel y luego el suave clic de la cerradura.
Cuando la puerta se abrió, el aire en el pasillo pareció agotarse. Jenny e