El trayecto hacia la residencia de Moisés estuvo marcado por un silencio tenso, casi insoportable. Al llegar, Jenny, consciente de que los asuntos que trataban aquellos hombres excedían su comprensión, abandonó el lugar bajo la discreta vigilancia de sus guardias. Moisés observó cómo se alejaba, sintiendo que el peso del peligro que la acechaba le oprimía el pecho. Sabía que no podía postergarlo más: era el momento de hablar con Leonel.
—¡Leonel, ven enseguida a mi despacho!
La furia de Leo