El amanecer se filtraba por la ventana de la habitación, un resplandor tímido que no lograba borrar la penumbra del hospital. El monitor seguía marcando ese pitido rítmico que se había convertido en mi única calma. No había dormido más que a ratos; cada espasmo, cada recuerdo, cada pensamiento me despertaba con la sensación de que algo podía salir mal en cualquier momento.
El crujido de la puerta me arrancó de ese estado frágil entre el sueño y la vigilia. Levanté la vista y ahí estaba ella: mi