El tiempo se detuvo. No escuché los autos que pasaban por la avenida, ni las voces lejanas de la gente en la acera, ni siquiera el viento helado que me erizaba la piel. Todo lo que existía en ese instante era Alex… y ese beso.
No era un roce accidental ni un gesto ambiguo: era un beso consciente, directo, cargado de una intimidad imposible de negar. Vi cómo él no se apartaba, cómo sus labios respondían aunque fuera apenas un segundo, y cómo luego sonreía con esa misma ligereza que me había desco