La segunda mañana no fue más fácil que la primera.
Dormí apenas unas horas, con la mente saturada de números, rostros y frases que no lograba apartar. En mis sueños, papá aparecía sentado en su despacho, con los brazos cruzados y la mirada tranquila, como si me observara desde algún lugar entre el reproche y la confianza. Despertar era peor: abrir los ojos y recordar que ya no estaba era como recibir el mismo golpe una y otra vez.
Al llegar a la sede de Davenport Holdings, la fachada de vidrio