Me quedé quieta en el pasillo, con la taza de té entre las manos, temiendo que cualquier movimiento delatara mi presencia. Las palabras de Alex seguían repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez, como un eco que no sabía cómo silenciar: “Isla merece saber la verdad”.
La verdad.
El corazón me latía tan fuerte que temí que se escuchara a través de la puerta cerrada. No entendía nada. Habíamos pasado por la tormenta, habíamos sobrevivido a noches de hospital, a miedos insoportables, y justo ahora,