El lunes avanzaba con la monotonía habitual. La oficina estaba envuelta en ese rumor constante de teclas y teléfonos que nunca callaban, y yo me refugiaba en mi escritorio con una taza de té que se había quedado tibia hacía rato. Había decidido distraerme en los pendientes de la semana, concentrarme en cosas concretas que no me dejaran espacio para las dudas que venía arrastrando.
Abrí un correo tras otro, revisé presupuestos, aprobé planos. Todo normal. Todo bajo control.
Hasta que mi celular