La mañana siguiente amaneció tranquila. Alex todavía dormía, con un brazo extendido hacia mi lado de la cama, buscándome incluso en sueños. Yo lo observaba en silencio, intentando memorizar esa paz en su rostro. Era extraño: había momentos en que lo sentía tan cercano, tan auténtico, que la sospecha parecía un delirio mío. Pero luego, como una marea inevitable, las dudas regresaban.
Me levanté despacio, preparé café y me instalé en el balcón con una manta sobre los hombros. El aire fresco de la