Tras la discusión y la inesperada reconciliación en la cocina, Vecka y Xylos habían terminado en la habitación, envueltos en la oscuridad que solo era rota por la tenue luz de la luna que se filtraba por la rendija de las cortinas de la ventana. Allí, sobre la cama, estaban desnudos y entrelazados, piel con piel.
El cuerpo de Vecka reposaba sobre el pecho de Xylos, tibia, respirando de manera suave el dulce olor del alfa. Él, aunque no podía ver el rostro de la mujer que es su pareja destina,