Xylos quiso resistirse, pero no pudo; su cuerpo respondió antes que su mente. La sujetó de la cintura, fuerte, como si temiera que ella se desvaneciera, y cuando su lengua rozó la de Vecka, la razón se perdió por completo.
El agua helada golpeaba la piel de ambos, pero el calor que emanaban el alfa bastaba para calentarla, Vecka se aferró a sus hombros, buscando un ancla entre tanto torbellino, Xylos gruñó bajo, un sonido gutural, casi animal, que vibró contra sus labios. La tomó entre sus bra