El eco de la amenaza flotó en la negrura gélida del gran salón, un veneno sibilante que pretendía paralizarles el corazón.
El rostro de ceniza suspendido frente a la chimenea muerta sonrió, desplegando una arrogancia milenaria.
Ronan no retrocedió. No soltó un gruñido gutural ni dejó que la bestia tomara el control. Su respuesta fue una exhibición de pura realeza oscura.
Con una elegancia letal y calculadora, el Alpha se irguió por completo, reclamando su lugar como una barrera impenetrable