Bianca llegó temprano al edificio esa mañana. Más temprano que de costumbre. No llevaba tacones, ni maquillaje. Había dejado la imagen impecable para otro día, sabía que no ganaría nada fingiendo normalidad. Su propósito era claro: hablar con Lucía.
Sabía que ella no era una ejecutiva cualquiera. Era una Montenegro. Silenciosa. Astuta. Y si alguien podía haberle advertido a Sofía lo que tramaba, era ella.
—¿Tienes cinco minutos? —le dijo al cruzarse con ella en el ascensor privado.
Lucía la m