5. Rencores

Ana Paula Lago

A mi espalda escuché unas voces graves que retumbaban en el amplio vestíbulo. Giré lentamente, y ahí estaba él. El mismo hombre al que había visto en televisión apenas unas horas antes: Arturo Abad Rocamonte. Se erguía con una autoridad natural, alto, impecable, dando órdenes secas al vigilante de la entrada. Su semblante irradiaba enojo, y aun así, imponía respeto.

Respiré hondo, reuniendo valor, y avancé hacia él con paso firme, aunque mis piernas temblaban.

—Señor Arturo Abad —pronuncié, con la voz quebrada por el llanto contenido, intentando sonar clara sin conseguirlo del todo.

Él giró despacio la cabeza. Sus cejas se arquearon, y sus ojos oscuros, profundos como un abismo, se clavaron en los míos. Sentí cómo un escalofrío me recorría la piel.

—¿Quién es usted? —preguntó con frialdad, con un tono seco que me desgarró por dentro.

Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.

—Ana Lago… la prometida del arquitecto Carlos Alcázar.

La forma en que apreté esas palabras fue casi un reto.

Él relajó los hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, con una calma calculada que solo me hizo sentir más diminuta.

—Ya he llegado a un acuerdo con los padres del arquitecto Alcázar. Así que le agradecería que se retirara de inmediato de mis instalaciones.

Su voz, grave y profunda, me estremeció. Era un tono que no pedía, ordenaba. Y, sin embargo, había algo en él… algo que me oprimía el pecho más allá del miedo.

Lo vi darse la vuelta, como si mi presencia no tuviera el menor peso. Como si mi dolor fuera irrelevante. La rabia me explotó por dentro.

—Ustedes, los “empresarios”… —escupí, con los puños apretados— creen que todo se resuelve con dinero. Le importa muy poco si uno de sus trabajadores muere bajo los escombros, como si fueran simples piezas reemplazables. Pero mi prometido no era una pieza, ¡era mi vida! Carlos debería estar ahora en casa conmigo… no bajo tierra.

Mi voz se quebró y las lágrimas me nublaron la vista, pero no me detuve.

—Ojalá nunca tenga que sufrir la pérdida de un ser amado, señor Rocamonte. Porque entonces comprenderá… el infierno que yo estoy viviendo.

Él se detuvo en seco. Su mandíbula se tensó, endureciendo aún más sus facciones. Sus ojos se oscurecieron con una furia contenida que me heló la sangre.

—Es usted una insolente. Ahora mismo podría ordenar a mis guardias que la saquen de aquí de la peor manera.

Dio un paso hacia mí. Yo retrocedí instintivamente, el corazón golpeándome en las costillas. Había algo en su presencia… peligro y poder, pero también un magnetismo imposible de ignorar.

—Señor… —intervino un hombre de traje, acercándose con gesto conciliador—, la señorita está alterada. No sabe lo que dice.

—¿Y por eso debo permitir que me falte al respeto? —rugió, sin apartar la mirada de mí.

Mi cuerpo empezó a temblar. La visión se me nublaba, el aire me faltaba. Sentí un escalofrío, recorrerme entera. Ya ni siquiera podía escuchar con claridad lo que ellos discutían; las voces se desvanecían, lejanas, mientras todo a mi alrededor giraba.

Y entonces, la oscuridad me envolvió.

Arturo Abad Rocamonte

La vi tambalearse, sus labios temblando en un intento fallido de sostener las palabras que me lanzaba con tanta rabia segundos antes. Y de pronto… cayó. Su cuerpo se desplomó frente a mí como una flor quebrada bajo una tormenta.

Sin pensarlo, corrí hacia ella y la alcé en brazos. Ligera, frágil… demasiado frágil.

—¡Samuel! —tronó mi voz, áspera, con un dejo de urgencia que rara vez dejaba escapar—. Llama a un doctor, ahora mismo.

No esperé respuesta. Me dirigí al ascensor con ella sujeta contra mi pecho, cada paso era un latido más acelerado. Su rostro, pálido, se apoyaba en mi hombro y yo solo pensaba en lo inoportuno de la situación: no podía permitirme un escándalo más, no en medio de esta crisis. El mundo entero estaba observando a Grupo Rocamonte y lo último que necesitaba era una mujer desmayada en la entrada de mi empresa.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, caminé directo hasta mi oficina. La recosté con cuidado en el sofá de la sala de estar, un lugar donde se habían firmado contratos millonarios, y ahora servía de lecho improvisado para una mujer rota.

Me aparté un instante para observarla. El cabello revuelto, las ojeras hundidas, el rastro del llanto aún fresco en su rostro. Nada en ella coincidía con la descripción cruel que los Alcázar me habían dado de “la mujerzuela que manipuló a su hijo”. No. Ella no parecía eso. No con esa expresión de dolor puro, devastador.

“Tan bonita… y marcada por la desgracia de tener suegros que la odian incluso en medio del duelo.”

Ese pensamiento me atravesó como una daga, y me descubrí llevándome la mano al cuello, nervioso. ¿Por qué demonios me estaba deteniendo en su belleza, en su vulnerabilidad? Esto no era asunto mío. Yo debía ser frío, calcular movimientos, no… sentir.

Aparté la mirada, cerrando los puños. No debía dejarme arrastrar.

—Samuel… ¿Dónde diablos estás? —murmuré con furia contenida, esperando que regresara pronto con el médico.

—¿Qué pasó? Me dijeron que subiste a alguien desmayado a tu oficina —escuché la voz de mi hermano. Giré el rostro para verlo entrar y señalé a la mujer con un gesto cansado.

Él frunció el ceño, confundido, y se inclinó a revisar el pulso de la joven. Rodé los ojos, irritado. Obviamente estaba viva.

—¿Quién es ella? —preguntó, como si fuera un misterio insondable.

—La prometida de Alcázar —respondí, con voz dura—. Vino a reclamarme por el derrumbe, apenas alcanzó a hablar y se desplomó. Samuel todavía no llega con el doctor y yo tengo cosas más urgentes que atender. Hoy es el cumpleaños de Lisa y le prometí que estaría en casa temprano.

—Vete, yo me quedo con ella. Más tarde paso a felicitar a Lisa —me ofreció mi hermano.

Asentí con desgano, pero lo miré fijo, advirtiendo:

—Solo no cometas el error de prometerle algo. Alcázar está muerto y con sus padres ya llegué a un acuerdo, lo único que quieren es que la chica no sepa donde enterrarán a su hijo, ni que asista al funeral. Lo que haga esta mujer ya me tiene sin cuidado.

Le lancé un último vistazo antes de salir. El rostro de ella, pálido y demacrado, quedó grabado en mi mente mientras cruzaba el pasillo y me topaba con Samuel y el médico de la empresa. Les ordené que la atendieran y que después se aseguraran de llevarla a su casa.

Cuando tomé el volante de mi auto, sus palabras me golpearon de nuevo: “Ojalá nunca sienta lo que es perder a un ser querido”. Si supiera…

La imagen de Clara irrumpió como un fantasma que jamás logro desterrar. He intentado enterrarla en el rincón más oscuro de mi memoria, pero sigue viva en cada silencio, en cada sombra. A pesar de su traición, aún me duele la manera en que se fue. Lo peor no fue perderla, sino ver a Lisa crecer con esa ausencia que jamás debió existir. Mi hija la necesita. Yo también la necesité, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Después de Clara dejé de ser el hombre que fui. Antes, mi mundo estaba lleno de metas, de proyectos, de amor verdadero. Amaba a mi esposa, adoraba a mi hija. Todo parecía perfecto. Pero el día que me confesó que tenía un amante… ese día mi mundo se desplomó como un edificio mal cimentado. Recuerdo su frialdad cuando dijo que regresaría por Lisa. ¡Mi propia hija!

Jamás hubiera permitido que la arrancara de mis brazos. Primero sobre mi cadáver.

Lisa es lo único que me queda. Ella cumple seis años hoy, y mi deber es estar a su lado. Le prometí una fiesta sencilla en casa de los abuelos, y esa promesa no pienso romperla.

Apreté con fuerza el volante. Aunque mi vida se haya vuelto un campo de ruinas, aunque me haya convertido en un hombre frío y calculador, ella es mi razón para seguir respirando.

—¡Papi, si viniste! —la voz emocionada de mi hija me sacudió apenas crucé el área del jardín.

Sonreí al verla correr hacia mí, sus pequeñas piernas agitadas, los ojos brillaron como si yo fuera el regalo más esperado de la tarde. Miré a mi alrededor: los invitados apenas comenzaban a llegar, y agradecí en silencio haber cumplido mi promesa. Al menos esta vez, estaba a tiempo para ella.

Mi madre había hecho un trabajo impecable. El jardín de su casa parecía salido de un sueño infantil: unicornios en cada mesa, globos de tonos pasteles flotando al viento, arreglos que desprendían un aire de magia inocente. Lisa adoraba los unicornios. Todo aquel despliegue no era más que un reflejo de la devoción que despertaba en quienes la rodeaban.

Y entonces la vi. Mi pequeña, en medio de aquel escenario, lucía un vestido blanco con rayas de colores que formaban la silueta alegre de un unicornio. El cabello recogido en dos coletas, de las que caían listones multicolores, le daba un aire de fantasía. Era como si la vida, tan cruel conmigo en tantas cosas, me regalara en ella un destello de esperanza.

La alcé en brazos, como solía hacerlo cuando era apenas un bebé. Sentir su cuerpecito aferrado a mí me devolvía fuerzas que creía agotadas.

—¿Te gusta mi look, papi? —preguntó con esa sonrisa traviesa, acercando su carita a la mía, exigiendo una respuesta que no admitía demora.

Se me estrujó el corazón. Clara debería estar aquí, contemplando esto. Ella amaba planear estos momentos, hablar de los vestidos, imaginar cómo sería ver crecer a su hija. Pero en lugar de eso, solo quedaba yo, intentando llenar un vacío imposible.

—Claro que sí, mi princesa… eres la niña más hermosa de todo el mundo —respondí, dándole una suave palmadita en el pecho para ocultar la emoción que me nublaba la voz.

Lisa sonrió satisfecha, como si mi respuesta fuera la confirmación de una verdad absoluta. La bajé con cuidado y ella salió corriendo hacia sus amigos del colegio, el vestido ondeando al compás de sus risas.

Me quedé de pie, observándola, con el alma partida. Por fuera, todo era celebración; por dentro, la ausencia de Clara seguía pesando como una losa. Pero mientras Lisa corriera, mientras su risa llenara mis silencios, yo tendría un motivo para resistir.

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