Mundo ficciónIniciar sesiónArturo Abad Rocamonte
A cambio de no tramitar una demanda en contra de Grupo Rocamonte, queremos poner una condición muy clara —la voz del señor Alcázar era firme, seca como un martillazo—: no habrá indemnización para su novia. Vivía con él, sí, pero no queremos que esa mujer esté presente ni en el funeral ni en el entierro. No recibirá nada de usted ni de nadie.
Lo miré con incredulidad, moviendo la cabeza de un lado a otro. Aquellas palabras me parecían de una crueldad que ni siquiera yo había contemplado.
—Nuestro hijo estaba a punto de casarse con esa mujer barata —la señora Alcázar escupió cada palabra con odio contenido—, lo manipuló, lo alejó de nosotros, le lavó el cerebro. La queremos destruida. Usted nos entenderá, señor Rocamonte… en los negocios, cuando hay una piedra en el camino que amenaza nuestros planes, se aplasta sin remordimientos.
Sentí cómo mis labios se apretaban en una línea dura. No era la primera vez que escuchaba algo así; en el mundo empresarial la compasión rara vez tiene cabida.
—Entiendo —respondí con voz grave, dejando que el silencio arrastrara la tensión unos segundos más.La señora Alcázar se inclinó hacia adelante, sus ojos fríos como cuchillas.
—Esa chica vendrá. La conocemos, buscará respuestas. Pero usted guardará silencio sobre el paradero del cuerpo de nuestro hijo. No le dará nada. Ni verdad, ni consuelo.Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, maliciosa, calculadora. Y entonces lo vi con claridad: lo que para mí había comenzado como una tormenta empresarial podía convertirse en un acuerdo conveniente. Si aceptaba, me libraba de un problema inmediato y podía enfocar mis fuerzas en salvar lo realmente importante: la reputación de Grupo Rocamonte.
Me llevé la mano a la barbilla como quien sella mentalmente una jugada ganadora en una partida de ajedrez.
—Está bien —dije con calma, modulando cada palabra como un pacto escrito en piedra—. Mantendré el secreto. Nadie sabrá dónde está el cuerpo de su hijo. Y la indemnización se tramitará exclusivamente para ustedes.Clavé en ellos una mirada firme, con ese filo de advertencia que reservaba para quienes se atrevían a subestimarme.
—Pero recuerden: espero la misma discreción de su parte. No olviden que el primer señalado por negligencia ha sido él. Y si intentan algo contra mí… —mi voz bajó, grave, con una frialdad que heló la sala— No duden que pelearé, por que estoy seguro que este accidente tiene una explicación y la voy a encontrar.Los acompañé hasta la puerta, despidiéndome con la cortesía de un anfitrión intachable, aunque dentro de mí bullía un cóctel de tensión y triunfo contenido. Los vi marcharse con la certeza de que no deseaba volver a cruzarme con ellos jamás.
…
Ana Paula Lago
Ya habían pasado dos días desde el derrumbe en la plaza Antara. Tres días en los que la vida se había detenido para mí.
El cuerpo de mi prometido seguía desaparecido, era el único que faltaba por encontrar, y aunque intentaba aferrarme a la idea de que aún estaba vivo, mi mente me traicionaba con imágenes crueles, pensamientos oscuros que me destrozaban por dentro.Mis padres insistieron en venir a verme, pero no podía permitir que me vieran hecha pedazos. No soportaría sus miradas de compasión. En cambio, Laura, mi hermana mayor, había estado viniendo cada tarde con mis sobrinos, tratando de arrancarme sonrisas que no encontraba en ninguna parte. Ella me ofreció quedarme en su casa unos días, rodeada de su familia, pero rechacé de inmediato. No quería salir de aquí.
Este departamento era lo único que me unía a Carlos. Su aroma todavía impregnaba las sábanas, su ropa permanecía colgada en el clóset como si en cualquier momento fuese a entrar y vestirse para ir a trabajar. Me tumbaba sobre su lado de la cama durante horas, abrazada a su almohada, fingiendo que aún estaba conmigo. Era un autoengaño doloroso, pero era lo único que mantenía mi corazón latiendo.Había dejado de ir a la clínica. Lili, mi amiga y compañera de guardias, movió cielo y tierra para que me tomaran esas ausencias como vacaciones adelantadas. Se lo agradecía desde lo más profundo de mi alma; ella era como una hermana para mí. Pero ni siquiera esa preocupación lograba aliviar el vacío que sentía. Vivir sin Carlos me parecía imposible. Era como pedirle a una flor que siguiera respirando sin sol.
Las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo mientras me hacía “bolita” en la cama, abrazada con desesperación a lo único que me quedaba de él. Mis ganas de vivir se desvanecían poco a poco, y solo la esperanza de que aún estuviera vivo me mantenía aquí.
El sonido de mi celular irrumpió en medio del silencio. Me sobresalté, secando como pude mi rostro húmedo. Era Laura.
—¿Ana? —su voz sonaba seria, contenida—. En el canal nueve… está ahora mismo una conferencia de prensa sobre el derrumbe. Quien está hablando es el dueño de la constructora.Tragué saliva, intentando aclarar mi garganta.
—Gracias por avisarme —respondí con un hilo de voz antes de colgar.Me quedé un instante inmóvil, con el celular apretado contra el pecho. Después lo solté lentamente sobre la cama. Una mezcla de miedo y ansiedad me recorrió entera. Tal vez allí, en esas palabras transmitidas en vivo, encontraría las respuestas que necesitaba… o tal vez terminaría de perder la poca esperanza que aún me quedaba.
Encendí el televisor con manos temblorosas, buscando el canal que Laura me había indicado. Subí el volumen y mis ojos se detuvieron en el nombre que aparecía en la parte inferior de la pantalla: “Arturo Abad Rocamonte”. Ese apellido me resultaba familiar. Carlos lo mencionaba a menudo, hablaba de él como un hombre serio, inflexible, dedicado hasta el extremo a su empresa.
La voz del empresario llenó mi recámara.
—Grupo Rocamonte lamenta el terrible accidente sufrido en la construcción de Plaza Antara. Enviamos nuestras más sinceras condolencias a los familiares de los cuatro trabajadores que fallecieron durante el derrumbe. Quiero asegurarles que las familias de estas personas serán indemnizadas como corresponde y que la empresa se hará responsable de todo lo que deba enfrentarse...
Me quedé rígida, sin aire en los pulmones.
—...Estamos seguros de que este accidente no fue a causa de un descuido de nuestra parte. Trabajamos con las medidas más estrictas en seguridad, pero a veces, aunque se procure la excelencia, siempre habrá factores que escapan a nuestro control. Lamentamos nuevamente la pérdida de nuestros cuatro trabajadores y acompañamos a sus familias en su dolor.
La frase se clavó en mis oídos como un disparo: “los cuatro trabajadores que fallecieron”.
Mi mundo se quebró.Un grito desgarrado escapó de mi garganta y caí sobre la cama como si me hubieran arrancado las fuerzas. Las lágrimas corrían sin detenerse, y la habitación se volvió demasiado pequeña para contener tanto dolor.
—¡No! ¡No, Carlos! —susurré entre sollozos, apretando la almohada que aún conservaba su aroma.
Con manos torpes, tomé el portarretrato del buró. En la fotografía sonreíamos, ajenos a la tragedia que nos esperaba. Pasé los dedos sobre su silueta detrás del cristal, como si con ese gesto pudiera devolverlo a mí.
—Me prometiste amarme hasta el fin del tiempo, mi amor… —murmuré con la voz quebrada.
El dolor se transformaba en una punzada ardiente dentro de mí. Una parte de mi alma pedía a gritos aferrarse a la esperanza de que todo fuera un error; otra, más oscura, me exigía culpar a alguien. Carlos era un arquitecto brillante, minucioso, dedicado. ¿Cómo podía ser posible que una construcción bajo su supervisión terminara derrumbándose así, de la nada?
Nada encajaba. Nada tenía sentido.
El llanto se mezcló con una rabia ciega que me consumía. Necesitaba respuestas. No podía aceptar que lo hubieran arrancado de mi lado y que ahora solo me quedara su recuerdo. Necesitaba verlo, aunque fuese una última vez, aunque fuera para despedirme.
Y en ese instante, entre lágrimas y desesperación, lo juré: no descansaré hasta saber dónde está su cuerpo, hasta mirar a los ojos a quienes me lo arrebataron y entender la verdad.
Porque mi vida, sin él, ya no tenía sentido.
Como pude, reuniendo la poca fuerza que me quedaba, conduje hasta la residencia de la familia de Carlos. Mi corazón latía con violencia, con la esperanza de que ellos tuvieran respuestas, de que al menos me permitieran verlo, abrazarlo por última vez. Al fin y al cabo, eran sus padres… los primeros en recibir cualquier noticia sobre él.
Aparqué frente a la caseta de vigilancia y bajé la ventana.
—Por favor, necesito entrar —supliqué, la voz me temblaba.
El vigilante evitó mirarme directo a los ojos, incómodo.
—Lo siento, señorita. Tengo órdenes expresas de no dejarla pasar.
Mi respiración se cortó. Parpadeé incrédula, como si no hubiera entendido bien.
—¿Cómo dice? —susurré.
—Los señores Alcázar dijeron que usted no tiene permitido el acceso.
Sentí que el mundo se me venía abajo. Con manos torpes saqué mi celular de la chamarra y marqué el número de la madre de Carlos. Contestó al segundo timbrazo.
—Señora… necesito hablar con usted. Solo quiero saber dónde está el cuerpo de Carlos. Quiero verlo una vez más —mi voz se quebró, deshaciéndose en llanto.
Hubo un silencio cruel, seguido de una respuesta helada:
—No volverás a verlo jamás. Y esperamos no volver a saber de ti nunca.
Y colgó.
El aire me abandonó. Mis rodillas flaquearon, sentí que todo dentro de mí se desgarraba. Corrí hasta el portón y, con la desesperación a flor de piel, grité desde ahí:
—¡Carlos es mi vida! ¡No pueden hacerme esto! ¡Déjenme verlo!
El vigilante se adelantó, nervioso.
—Por favor, señorita, no me obligue a llamar a la policía.
Me quedé paralizada. Ellos… ¿por qué eran tan crueles conmigo? Yo jamás les hice daño. Todo lo contrario: había amado a su hijo con cada fibra de mi ser, con una devoción que me había sostenido en cada día gris. Y ahora me lo arrancaban de las manos, sin piedad, sin compasión.
Quería verlo, aunque fuese una última vez. Tocar su rostro, aun frío, aun dormido para siempre. Despedirme. Pero me lo negaban.
Me limpié las lágrimas con rabia. Si ellos me cerraban las puertas, buscaría otro camino. No me rendiría.
Arranqué el auto y conduje con firmeza hasta las oficinas de Grupo Rocamonte. El edificio se alzaba frente a mí, imponente, de cristal y acero, como un monstruo que me observaba desde arriba. Aparqué y entré. El contraste me golpeó: mi aspecto demacrado, mis ojos hinchados de tanto llorar, mi ropa arrugada… y ese lugar reluciente, pulcro, frío. Me sentí pequeña, insignificante. Pero no me importaba.
Me acerqué al mostrador de recepción.
—Buen día, señorita —intenté sonar firme, aunque la voz me tembló—. Quisiera hablar con el señor Abad Rocamonte.
La recepcionista levantó la vista apenas, con indiferencia.
—¿Con cuál de los dos? —preguntó.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Cómo dice? ¿Hay… varios?
Ella rodó los ojos con fastidio, como si mi ignorancia la molestara.







