Inicio / Romance / El precio de tu amor / 6. Le habían quitado todo I
6. Le habían quitado todo I

Arturo Abad Rocamonte

—Arturo, cariño, no me has llamado desde que regresaste de viaje —esa voz… inconfundible. La última que esperaba escuchar en la fiesta de cumpleaños de mi hija.

Rodé los ojos antes de girarme hacia ella. Katherine.

—Tú más que nadie deberías saber que en los últimos tres días he estado más que ocupado —respondí con frialdad, midiendo cada palabra—. Además, ¿qué haces aquí? No recuerdo haberte invitado, Kathe.

Su sonrisa ladeada no se borró, como si mi desdén no la tocara. Al contrario, se acercó más, acariciando el borde de mi hombro con una lentitud que pretendía ser sensual.

—¿Así le hablas a la futura madrastra de tu hija? Arturo, yo amo a Lisa y estoy segura de que ella también me quiere a mí, seríamos una familia perfecta —susurró, dejando que el aire de sus palabras rozara mi oído.

Reí con sarcasmo, aunque por dentro me hervía la paciencia.

—No recuerdo haber acordado una relación formal contigo, Katherine. No te confundas. Yo no pienso darle una madrastra a mi hija.

Vi cómo sus ojos oscuros se entornaban de rabia contenida. Era hermosa, sí, demasiado. Y peligrosa también.

—Yo pensé que… —dijo con la voz cargada de reproche.

—Mi hija no tendrá una madrastra, eso grábalo en la cabeza —contesté, dejando la sentencia en el aire con dureza—. Entre tú y yo solo existen noches de diversión. Nada más.

Su mirada me atravesó con furia, como una daga silenciosa. Por un segundo, tuve la impresión de que explotaría allí mismo, de que armaría un escándalo frente a todos. No lo hizo. Quizá porque en el fondo sabía que tenía razón.

Katherine había estado a mi lado durante el luto, cuando el dolor por Clara era insoportable. Ella era la mejor amiga de Clara y se aprovechó de mi vulnerabilidad para colarse en mi cama, y yo, demasiado roto, demasiado cansado, lo permití. Pero nunca sería la mujer que quisiera presentar como madre de Lisa. Esa decisión la tenía tomada desde el primer día: nadie ocuparía el lugar de Clara en la vida de mi hija. Nadie.

Me alejé de ella antes de que su orgullo herido la hiciera perder el control. Crucé el jardín y me detuve frente a la mesa de aperitivos, tomando lo único rescatable para un adulto: un refresco helado. Lo llevé a mis labios, buscando con el líquido aliviar la incomodidad que me había dejado aquel encuentro.

—Arturo, no me has llamado para ponerme al tanto de sí, ya solucionaste el problema del derrumbe —escuché entonces la voz grave de mi padre detrás de mí.

Rodé los ojos de nuevo, esta vez con un cansancio que no me molesté en disimular. Giré el rostro hacia él y lo miré directo, esbozando una media sonrisa cargada de ironía.

—Todo está bajo control, padre, si es lo que quieres saber. Y este no es lugar para hablar de negocios.

Pasé a su lado, dispuesto a dejarlo atrás. Pero como siempre, él no cedía.

—Entonces vayamos a un lugar donde podamos hablar de “negocios”, hijo.

Su tono era una orden disfrazada de sugerencia. Mi padre siempre había sido así: autoritario, inflexible, convencido de que su palabra era ley. Durante años lo había obedecido sin rechistar, por miedo, por deber… pero esos tiempos habían terminado.

Desde que tomé el control de la constructora, yo decidía. Y ya no había temor en mi mirada cuando lo desafiaba, solo la certeza de que no volvería a ser el hijo sumiso que él moldeó a golpes de disciplina.

Roberto, mi hermano, nunca fue el hijo modelo que él quería. Yo tampoco lo era, pero al menos había aprendido a enfrentar su sombra.

Hablaba con mi padre sobre el futuro de la constructora, aunque en el fondo no me interesaba seguir escuchando sus sermones. Lo que me importaba eran los próximos días: reuniones con clientes, proyectos que pendían de un hilo y la presión de cerrar el primer semestre sin pérdidas catastróficas. Convencerlos de que no cancelaran, de que el derrumbe de Plaza Antara no era un reflejo de mi empresa, era vital.

Las indemnizaciones ya habían sido entregadas a las familias de los trabajadores fallecidos. Todo estaba en regla, al menos en los papeles. Lo que aún me mantenía en vela era la reunión con Beraín y el seguro de la construcción. Sabía que intentaría jugar con ventaja. Y yo no estaba dispuesto a cederle un solo centímetro.

Anoche revisé los planos de Alcázar, los informes, los videos de seguridad, cada detalle. No había irregularidades… al menos no visibles. Pero entonces, un testimonio llamó mi atención: un trabajador declaró haber escuchado una explosión justo antes del derrumbe. Eso lo cambiaba todo.

Una explosión.

No un fallo estructural.

No un error humano.

No podía mencionarlo todavía, ni siquiera a mi padre. Contraté discretamente a un equipo especializado para investigar las verdaderas causas del accidente. Necesitaba proteger mi patrimonio, mi reputación y, sobre todo, a Lisa. No permitiría que nadie jugara con mi apellido ni con la estabilidad de mi hija.

Si Beraín había creído que podía burlarse de mí, arruinar mi empresa y usar el derrumbe como herramienta de presión, se equivocaba. Tarde o temprano la moneda giraría hacia el otro lado. Y cuando eso pasara, se arrepentiría de haber provocado este juego sucio.

Me quedé en silencio un instante, mirando a mi padre hablar como si todo siguiera siendo cuestión de disciplina y números. Él no entendía lo que era cargar con fantasmas: el de Clara, el de Alcázar, ahora incluso el de esa mujer… Ana. Su mirada desesperada, sus palabras, seguían resonando en mi memoria.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP