106. Derrumbe
Roberto Abad Rocamonte
La adrenalina me golpeó como una ola helada, pero no solté a Domenika. Su brazo temblaba bajo mi agarre mientras intentaba controlar la respiración que se aceleraba por la tensión del momento. La estructura donde estábamos era tan angosta que un movimiento brusco habría bastado para mandarnos a los dos al vacío. Cuatro metros. Suficientes para romperse el cuello. Suficientes para que todo acabara mal.
Pero no pensaba permitir que fuera ella quien decidiera cómo terminaría