La puerta se abrió con un suspiro cansado. Edward entró arrastrando los pies, la corbata deshecha y una carpeta arrugada bajo el brazo. Sabrina emergió de la cocina, secándose las manos en el delantal. Detrás de ella, Laura —sus rizos castaños desordenados y una muñeca de trapo en la mano— corrió hacia él con toda la energía que podía reunir.
—¡Edd! ¡Mira cómo dibujé a Lulú! —Mostró un garabato de crayón donde se adivinaba un perro verde con tres patas.
Edward acarició su cabeza con ternura,