El último aliento

Cincuenta años después

La mansión Blackwood estaba envuelta en una paz profunda y silenciosa.

Era una tarde de otoño. Las hojas de los árboles del jardín tenían tonos dorados y rojizos, y el viento suave las hacía bailar en el aire. Isabella, de noventa y dos años, estaba sentada en su sillón favorito del balcón principal, envuelta en una manta de lana suave que Ethan le había regalado años atrás. Su cabello era completamente blanco, su piel fina como pergamino, pero sus ojos verdes seguían siendo vivos y llenos de la misma fuerza que había tenido de joven.

A su lado, Ethan, de noventa y cuatro años, estaba sentado en una silla junto a ella. Su postura seguía siendo imponente a pesar de la edad, aunque sus movimientos eran más lentos y sus manos temblaban ligeramente cuando sostenía la de ella.

Sus dedos seguían entrelazados, como lo habían estado durante cinco décadas.

Abajo, en el jardín, sus hijos, nietos, bisnietos y hasta un tataranieto jugaban y reían. Las voces llegaban hasta ellos como una melodía lejana pero constante: Alexander (de 33 años) dirigía un partido de fútbol con sus sobrinos, Sofía (de 29) leía un cuento a los más pequeños, mientras Emma, Valentina y Luna corrían detrás de una pelota de colores. La pequeña Olivia (de 15 años) intentaba organizar a todos, y el más pequeño, un bisnieto de tres años, reía a carcajadas mientras perseguía mariposas.

Isabella los observaba con una sonrisa serena.

— Mira lo que creamos —susurró—. De todo el odio y el dolor… nació esto.

Ethan apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba.

—Nunca pensé que un hombre como yo pudiera tener esto —dijo con voz ronca y temblorosa—. Una esposa que me amó a pesar de todo lo que fui. Hijos que me respetan. Nietos y bisnietos que me llaman “abuelo” sin miedo. Una vida donde el odio ya no manda.

Isabella giró la cabeza lentamente para mirarlo. Sus ojos se encontraron y, por un momento, volvieron a ser los mismos de aquella noche en la fiesta: intensos, desafiantes, llenos de fuego.

—Recuerdo la primera vez que te vi —dijo ella en voz baja—. Llevaba un vestido negro ajustado y veneno en el bolso. Quería matarte. Quería que pagaras por lo que le hiciste a mi padre.

Ethan sonrió con nostalgia.

—Y yo quería romperte. Convertirte en mi prisionera. Hacerte sufrir por lo que tu padre le hizo a mi hermano. Te vi y supe que serías mi perdición… y mi salvación.

Isabella rio suavemente, un sonido débil pero lleno de cariño.

—Pagamos un precio muy alto, Ethan. Sangre, venganza, noches en las que creí que te mataría. Noches en las que te odié mientras te amaba. Noches en las que lloré porque no entendía cómo podía desear al hombre que destruyó mi mundo.

Ethan levantó su mano y la besó con labios temblorosos.

—Y yo pagué con miedo. Miedo a perderte. Miedo a que un día te fueras. Miedo a que el odio ganara. Pero tú te quedaste. Elegiste quedarte. Y me enseñaste que incluso un monstruo como yo podía ser amado.

Isabella cerró los ojos un momento, respirando con dificultad.

—Te perdono —dijo de pronto, con voz clara a pesar de la edad—. Te perdono por haberme secuestrado. Por haberme obligado a casarme contigo. Por haberme usado como arma contra mi padre. Por todas las noches en las que me trataste como un objeto. Te perdono, Ethan Blackwood.

Ethan sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Y yo te pido perdón —respondió con voz rota—. Por todo el dolor que te causé. Por haberte tratado como un trofeo. Por haberte roto… y por haber tardado tanto en darme cuenta de que te amaba.

Isabella sonrió y apretó su mano con debilidad.

—Ya te perdoné hace mucho tiempo. El día que arrojé aquellos documentos al fuego. El día que elegí quedarme.

Se quedaron en silencio otra vez. Solo se escuchaba el viento entre los árboles y las risas lejanas de su familia.

—Para siempre —susurró Ethan, acercando su rostro al de ella.

—Para siempre —respondió Isabella.

Sus manos seguían entrelazadas.

Fuera, el viento movía suavemente las hojas de los árboles.

Dentro, el hombre que una vez fue su peor enemigo y la mujer que juró destruirlo se quedaron abrazados, respirando juntos por última vez.

El precio de amar al enemigo había sido altísimo.

Pero el amor… había valido cada centavo.

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