Setenta y cinco años después
La mansión Blackwood estaba envuelta en un silencio sagrado.
Era una tarde tranquila de invierno. La nieve caía suavemente sobre los jardines, cubriendo todo con un manto blanco y puro. Isabella, de ciento veintidós años, estaba acostada en la misma cama grande que había compartido con Ethan durante más de siete décadas. Su cuerpo era extremadamente frágil, su respiración lenta y entrecortada, pero sus ojos verdes seguían conservando un último destello de la mujer fuerte y valiente que había sido.
Ethan, de ciento veinticuatro años, estaba sentado a su lado, sosteniendo su mano con la poca fuerza que le quedaba. Sus dedos temblaban, pero no la soltaba. Su espalda estaba encorvada por la edad, pero su presencia seguía siendo protectora y suya.
La habitación estaba llena de recuerdos: fotos de sus seis hijos, de sus veintitrés nietos, de sus doce bisnietos y de sus tres tataranietos. Toda una vida que había nacido del odio más profundo y había terminado en el amor más verdadero.
Isabella miró a Ethan y sonrió con una serenidad que solo se gana después de una vida completa.
—Setenta y cinco años —susurró con voz muy débil—. Setenta y cinco años desde que te vi en aquella fiesta y decidí que te mataría.
Ethan apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba.
—Y yo decidí que te rompería.”
Se quedaron en silencio unos segundos. Solo se escuchaba el viento suave entre los árboles y las risas lejanas de sus bisnietos y tataranietos jugando en el jardín cubierto de nieve.
Isabella respiró con dificultad.
—Pagamos un precio muy alto, Ethan. Sangre, odio, venganza, noches en las que creí que te mataría… noches en las que te odié mientras te amaba. Noches en las que lloré porque no entendía cómo podía desear al hombre que destruyó mi mundo.
Ethan se inclinó hacia ella y besó su frente con labios temblorosos.
—Y yo pagué con miedo —respondió con voz rota—. Miedo a perderte. Miedo a que un día te fueras. Miedo a que el odio ganara. Pero tú te quedaste. Elegiste quedarte. Y me enseñaste que incluso un monstruo como yo podía ser amado.
Isabella abrió los ojos y lo miró con una sonrisa serena.
—Te perdono —dijo claramente, aunque su voz era apenas un susurro—. Te perdono por haberme secuestrado. Por haberme obligado a casarme contigo. Por haberme usado como arma contra mi padre. Por todas las noches en las que me trataste como un objeto. Te perdono, Ethan Blackwood.
Ethan sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas arrugadas.
—Y yo te pido perdón —respondió con voz quebrada—. Por todo el dolor que te causé. Por haberte tratado como un trofeo. Por haberte roto… y por haber tardado tanto en darme cuenta de que te amaba.
Isabella sonrió y apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba.
—Ya te perdoné hace mucho tiempo. El día que arrojé aquellos documentos al fuego. El día que elegí quedarme.
Se quedaron en silencio otra vez. Solo se escuchaba su respiración lenta y entrecortada.
—Para siempre —susurró Ethan, acercando su rostro al de ella.
—Para siempre —respondió Isabella.
Sus manos seguían entrelazadas.
Fuera, el viento movía suavemente las hojas de los árboles.
Dentro, el hombre que una vez fue su peor enemigo y la mujer que juró destruirlo se quedaron abrazados, respirando juntos por última vez.
El precio de amar al enemigo había sido altísimo.
Pero el amor… había valido cada centavo.