Ochenta años después
La mansión Blackwood ya no era solo una casa antigua.
Era un monumento vivo a una historia que había comenzado con odio puro y había terminado en un amor profundo y duradero.
Isabella tenía ciento veintiocho años. Su cuerpo era frágil como una hoja seca, su respiración era un susurro leve, pero sus ojos verdes seguían brillando con esa chispa indomable que Ethan había amado desde el primer momento en que la vio.
Ethan, de ciento treinta años, estaba sentado a su lado en la