El primer año de matrimonio entre Sofía e Julian fue como caminar sobre brasas: hermoso, doloroso, adictivo y transformador.
Aprendieron que el amor no era solo pasión descontrolada en el invernadero. Era también levantarse después de una pelea a las tres de la mañana, preparar café en silencio y elegir quedarse aunque las palabras hirientes aún resonaran en el aire. Era Julian controlando sus impulsos de huir cuando la presión familiar se hacía insoportable. Era Sofía aprendiendo a no cerrarse