Tres meses después, el manuscrito ya no era solo un montón de páginas viejas guardadas en una caja de madera. Ahora tenía un título oficial, una portada sobria y una fuerza que parecía latir por sí misma.
Se llamaba Cien años después.
En la cubierta negra solo aparecía una rosa blanca con una espina larga y afilada que atravesaba el tallo. Sin nombres. Sin subtítulos románticos. Solo el título y, debajo, en letras pequeñas: “La verdadera historia de Isabella Morgan y Ethan Blackwood”.
Sophia es