—James, ¿por qué tratas así a tu hijo?
—Déjame en paz, Amelia.
El hombre salió de su despacho, tomó un abrigo y se dispuso a marcharse de la casa. Estaba cansado de las cantaletas de su mujer.
—¡Eres tan terco!—se exasperó Amelia—. ¿Acaso no te das cuenta de que estás perdiendo a tus hijos por tu necedad?
—Ellos ya no son mis hijos, al parecer el único que me queda es Lucas y estoy bien con eso.
—¡Por favor, James, no cometas un error del que no podrás arrepentirte!
—¡El error lo cometiero