Hazel se removió en la cama sintiendo su cuerpo pesado. El sol de un nuevo día se colaba fugazmente por la ventana, haciendo que una sensación de molestia se instalara en sus ojos. Con parsimonia los fue abriendo, acostumbrándose apenas a la luz del nuevo día.
—Buenos días—escucho la voz de su esposo, quien entraba en la habitación con una bandeja de desayuno.
—Buenos días—sonrió al verlo y recordó la magnífica noche que habían compartido juntos.
—Pensé que no despertarías—se burló de ella,