—No llores, mi amor—le dijo acercándose para abrazarla.
Hazel no podía contenerse, era simplemente demasiadas emociones a la vez. Se sintió como en un sueño, un bonito sueño del cual no quería despertarse.
—Ya estoy aquí, no volveré a irme nunca más—continuó él como si de alguna forma pudiese adivinar sus pensamientos.
Ese era su mayor temor, despertar de ese hermoso sueño para descubrir que estaba nuevamente sola, que el Alexander que tenía al frente no era más que un espejismo producto de