El amanecer llegó distinto, como si el mundo hubiera decidido detenerse un segundo más antes de empezar. La luz entró despacio por las ventanas de la mansión López, suave, tibia, acariciando las paredes que habían sido testigo de tantas ausencias, tantas dudas y tantas noches en silencio.
Esa mañana, en cambio, todo respiraba expectativa.
Bianca abrió los ojos antes de que sonara el despertador. No había dormido mucho, pero no se sentía cansada. Tenía el corazón tan despierto que el cuerpo simplemente lo siguió. Durante unos segundos se quedó quieta, mirando el techo, escuchando su propia respiración, intentando comprender que había llegado el día. El día. Ese que durante tanto tiempo pensó imposible, lejano, incluso prohibido.
Se incorporó lentamente y caminó hacia la ventana. Desde allí pudo ver parte del jardín ya transformado: flores blancas y crema, arreglos verdes perfectamente cuidados, telas ligeras que se mecían con la brisa de la mañana. Todo estaba listo. Todo había sido pe