Luciano llevaba más de una hora mirando el reloj.
No era la primera vez en el día, ni la décima. Era ese gesto casi automático, nervioso, como si el tiempo se hubiese convertido en su enemigo silencioso, avanzando sin piedad mientras él permanecía atrapado entre archivos abiertos, reuniones que no escuchaba del todo y una sensación constante de urgencia que no lograba sacarse del pecho.
La oficina estaba en calma. Demasiada, quizá. Ese tipo de calma engañosa que no tranquiliza, sino que aprieta más fuerte el corazón. Los empleados se movían con normalidad, las pantallas brillaban con gráficos ascendentes, los proyectos comenzaban a mostrar signos reales de recuperación… todo lo que durante meses había deseado parecía estar finalmente alineándose. Y aun así, Luciano no podía concentrarse.
Porque no era la empresa lo que hoy lo tenía inquieto.
Era Bianca.
Desde la mañana, desde el desayuno compartido en la cama, desde ese momento íntimo en el que la vio sonreír con esa luz distinta en l