Luciano llevaba más de una hora mirando el reloj.
No era la primera vez en el día, ni la décima. Era ese gesto casi automático, nervioso, como si el tiempo se hubiese convertido en su enemigo silencioso, avanzando sin piedad mientras él permanecía atrapado entre archivos abiertos, reuniones que no escuchaba del todo y una sensación constante de urgencia que no lograba sacarse del pecho.
La oficina estaba en calma. Demasiada, quizá. Ese tipo de calma engañosa que no tranquiliza, sino que aprieta