La mañana llegó sin piedad. Bianca no había dormido más que unas cuantas horas, y Luciano tampoco. El silencio entre ellos era tan grueso que parecía ocupar los pasillos de la casa, pegándose a las paredes, volviéndose parte del aire.
Bianca se levantó muy temprano, antes incluso de que sonara la alarma de Mateo. Apenas se levantó de la cama del niño, sintió el cuerpo pesado, como si la noche se le hubiera quedado adherida a los huesos. Se lavó la cara, se recogió el cabello en una coleta apresurada y bajó las escaleras sin mirar hacia el pasillo del dormitorio matrimonial, donde Luciano seguramente estaba despierto, esperando verla.
Y sí lo estaba.
Luciano estaba sentado al borde de la cama, con la camisa parcialmente abotonada, el cabello húmedo por la ducha, y el corazón latiéndole tan fuerte que parecía escucharlo en sus oídos. Cuando oyó pasos en el pasillo, se levantó instintivamente, esperando que fuera Bianca.
La vio pasar.
Ella no lo miró. Ni siquiera giró el rostro.
Fue como