El amanecer apenas comenzaba a pintar la casa con una tenue luz dorada cuando el silencio de la habitación de Bianca se vio interrumpido por un sonido insistente.
El celular vibraba.
Y volvía a vibrar.
Y no se detenía.
Bianca, con los ojos todavía cansados por la noche difícil, estiró la mano hacia la mesa de noche y lo tomó con desgano. En la pantalla brillaba un solo nombre, una y otra vez:
Francisca.
La llamada entraba.
Ella la rechazó.
Inmediatamente, llegaron mensajes.
—Bianca, acuérdate que hoy es tu último día.
—Nos vemos en la noche en la casa. No faltes.
—No creas que vas a escaparte…
—Tu madre hubiera hecho las cosas bien, pero tú… veremos.
—Te espero, no te atrevas a ignorarme.
Bianca suspiró, apagó el sonido y dejó el celular boca abajo.
Un segundo después, empezó a vibrar de nuevo.
Esta vez, Patricia.
—Bianca contesta.
—Tu tía quiere hablar contigo.
—Te recuerdo que hoy se decide todo.
—No puedes esconderte.
—No te hagas la digna.
Bianca cerró los ojos unos segundos, deja