El amanecer apenas comenzaba a pintar la casa con una tenue luz dorada cuando el silencio de la habitación de Bianca se vio interrumpido por un sonido insistente.
El celular vibraba.
Y volvía a vibrar.
Y no se detenía.
Bianca, con los ojos todavía cansados por la noche difícil, estiró la mano hacia la mesa de noche y lo tomó con desgano. En la pantalla brillaba un solo nombre, una y otra vez:
Francisca.
La llamada entraba.
Ella la rechazó.
Inmediatamente, llegaron mensajes.
—Bianca, acuérdate q