Francisca López estaba instalada desde temprano en uno de los salones principales de la mansión, con las piernas cruzadas, el ceño fruncido y una taza de té que no había probado desde hacía veinte minutos. La bebida ya estaba fría, pero ella ni siquiera lo notaba. Toda su atención estaba concentrada en su enojo.
—No puedo creerlo, Patricia —gruñó golpeando la mesa con la punta de los dedos—. Esa descarada no se presentó anoche. ¡Con lo importante que era esa ceremonia para la empresa! ¡Era la bienvenida oficial como presidenta! ¿Cómo se atreve?
Patricia, sentada frente a ella, intentaba mantener la compostura. Aunque estaba tan disgustada como su madre, sabía que a Francisca había que hablarle con calma o explotaría.
—Mamá, tranquila —dijo acomodándose el cabello rubio detrás de la oreja—. Bianca no fue porque es una irresponsable, pero hoy… —sonrió con malicia— hoy es su cumpleaños. Hoy no va a poder zafarse. Hoy en la noche, delante de todas las familias importantes, nos aseguramos