Francisca López estaba instalada desde temprano en uno de los salones principales de la mansión, con las piernas cruzadas, el ceño fruncido y una taza de té que no había probado desde hacía veinte minutos. La bebida ya estaba fría, pero ella ni siquiera lo notaba. Toda su atención estaba concentrada en su enojo.
—No puedo creerlo, Patricia —gruñó golpeando la mesa con la punta de los dedos—. Esa descarada no se presentó anoche. ¡Con lo importante que era esa ceremonia para la empresa! ¡Era la b