La energía de Mateo, alimentada por la emoción del reencuentro y la novedad de sus pequeños tesoros belgas, finalmente comenzó a desvanecerse. Sus párpados pesaban como plomos, y un bostezo enorme y contagioso escapó de sus labios mientras intentaba ensamblar por tercera vez un fémur de estegosaurio miniatura.
—Creo que alguien tiene una cita con su almohada —dijo Bianca suavemente, acariciando el cabello revuelto de su niño.
—No, mamá —protestó Mateo, débilmente, frotándose un ojo con el puño—