El silencio que siguió a la partida de Mateo hacia su ducha nocturna era denso y cargado. Luciano permaneció en el salón, la copa de whisky en la mano sin probar, observando a Gabriela que, ahora sola, dejó caer la máscara de ternura. No adoptó una expresión malvada, simplemente se quedó mirando el fuego en la chimenea, su rostro un lienzo en blanco, agotado.
Luciano puso la copa sobre la mesa con un golpe seco que resonó en la estancia.
—Es una historia preciosa la que le estás construyendo —d