La tarde cayó suave sobre la mansión López. Mateo había vuelto del colegio con energía renovada y, después de un rápido refrigerio, buscó a Gabriela. La encontró en el salón de lectura, fingiendo hojear un libro de arte. En realidad, estaba esperándolo.
—Gabriela —dijo el niño, parándose frente a ella con sus ojos grandes y serios—. ¿Me cuentas otra vez? Lo que recordaste. De cuando nací.
Gabriela bajó el libro y su rostro se iluminó con una ternura perfectamente modulada. No era la exageración