La tarde avanzaba lenta en la mansión, con ese tipo de calma que no tranquiliza, sino que inquieta. El sol entraba por los ventanales del corredor principal, dibujando sombras largas sobre el mármol brillante. Luciano acababa de cerrar una llamada de trabajo y se había quedado solo en la sala, de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el jardín.
Pensaba en Mateo.
En su recuperación.
En su mirada demasiado adulta para un niño de su edad.
Y, sin quererlo, también pensaba en Ga