La casa estaba demasiado silenciosa.
No era el silencio normal de una tarde tranquila, sino uno espeso, inquietante, como si algo estuviera fuera de lugar.
Bianca bajó las escaleras llamando a Mateo, esperando escuchar su respuesta desde algún rincón, alguna risa, algún ruido de pasos.
—Mateo… amor, ¿dónde estás?
No hubo respuesta.
El corazón de Bianca dio un pequeño salto incómodo. Caminó hacia la sala, luego al comedor, revisó detrás del sofá, cerca del jardín interior, incluso en el estudio donde al niño le gustaba esconderse cuando jugaba.
Nada.
—Mateo… —volvió a llamar, esta vez con la voz un poco más tensa—. Esto no es gracioso, mi amor.
Luciano apareció desde el pasillo, con el ceño ligeramente fruncido al notar el tono de Bianca.
—¿Qué pasa?
—No lo encuentro —respondió ella, ya sin poder disimular la preocupación—. No está en su cuarto, ni en la sala, ni en el jardín.
Luciano miró alrededor, como si de pronto también percibiera ese vacío extraño.
—Mateo —llamó él, con voz firm