El pitido constante de los monitores llenaba la habitación, marcando un ritmo que parecía ajeno al drama que se estaba gestando dentro de esas paredes blancas.
—Vamos a dejarla hospitalizada por al menos cuarenta y ocho horas —dijo el médico con tono firme—. Necesitamos mantenerla en observación, controlar los niveles de hemoglobina, vigilar la respuesta de su cuerpo y asegurarnos de que esté estable antes de pensar en darle el alta.
Bianca asintió de inmediato, con el ceño fruncido y los ojos cargados de preocupación.
—Lo que sea necesario —respondió—. Lo importante es que ella esté bien.
Luciano permanecía unos pasos más atrás, con las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa. Escuchaba cada palabra, pero su mente iba más rápido que la conversación. Las imágenes de los últimos días se le agolpaban: sus sospechas, su desconfianza, las cámaras, el desmayo… y ahora ese diagnóstico que sonaba demasiado serio para ignorarlo.
—Durante estos dos días —continuó el médico—, debe recibir vi