El ambiente en la clínica estaba cargado de una calma tensa, de esas que no tranquilizan, sino que anuncian que algo importante está a punto de decirse. Gabriela permanecía sentada en la silla junto a la pared, con el rostro pálido —demasiado pálido—, respirando con cuidado, como si cada movimiento le costara el doble de esfuerzo. O al menos eso era lo que mostraba.
Luciano observaba la escena con los brazos cruzados, serio, analítico. Había pasado la noche en vela, no solo por Mateo, sino por