La lluvia regresó con la madrugada, fina y persistente. Las gotas golpeaban los vitrales del convento como si alguien llamara desde el otro lado. La tensión en el aire era casi palpable. Y entre pasillos húmedos y oraciones incompletas, un nuevo secreto comenzaba a germinar.
Elena se levantó antes del amanecer, con náuseas que le revolvían el estómago y un mareo que la obligó a apoyarse contra la pared de su celda. Pensó que era el estrés, la presión, el miedo. Pero en el fondo… sabía que no.
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