Como pudo, Dantes se arrastró hasta Lirio. Gruñó de dolor al sentarse y la llevó a su regazo. Ella seguía respirando, pero cada vez le costaba más. Lirio lo miró a los ojos, esperando que su rostro borroso fuera lo último que vería.
—Cariño, no te duermas —susurró el príncipe en medio de un sollozo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y caían tibias, como si fueran una lluvia, sobre el rostro pálido de Lirio.
—Estoy… muy… cansada —la sangre seguía brotando en abundancia de sus heri