La marca de la soga abarcaba gran parte de su cuerpo en tonos rojizos que, seguramente, en horas pasarían a ser morados; al día siguiente, no estarían allí. Lirio descansaba de su orgasmo sobre el torso de Dantes, que dejaba caricias en círculos en toda su espalda desnuda y, de vez en cuando, sus labios besaban su cabeza, extasiados por el placer y envueltos en su propia burbuja.
—Vamos a tomar una ducha para ir a cenar a un restaurante —habló de la nada el príncipe; no tenía ganas de comer en