Valeria despertó desnuda entre sábanas negras, con el cuerpo todavía temblando. Kael ya no estaba a su lado, pero su presencia seguía en el aire, como incienso que no se disipaba.
Se incorporó lentamente. La cicatriz plateada en su mejilla ahora bajaba por su cuello y se extendía en finas líneas plateadas sobre su pecho, como raíces que se hundían en su piel.
Tocó las líneas con dedos temblorosos. Estaban calientes.
—Te queda bien —dijo Kael desde la penumbra.
Estaba sentado en un sillón al otr