Valeria Rivera, con 51 años, cerró la biblioteca esa noche con una sensación extraña en el pecho. No era tristeza exactamente, sino una melancolía profunda y serena. Caminó por los pasillos vacíos, apagando luces una por una, y se detuvo frente al Rincón de los Tres.
Las tres fotografías la miraban en silencio: Valeria Solís, Mateo Rivera y Johanna. Los tres sonreían.
Se sentó en la vieja silla de madera que había pertenecido a su abuelo y suspiró.
—Han pasado veinticinco años desde que se fue