La puerta de la mansión se abrió con lentitud. La señora Álvarez, vestida con un abrigo oscuro y unos lentes que apenas ocultaban su nerviosismo, ingresó con paso firme pero ansioso. Había recibido la llamada de Samantha hacía menos de una hora, una llamada tensa, corta, con una sola frase clara: “Necesito verte, es urgente”.
No preguntó más. Solo tomó las llaves y fue. En el fondo sabía que esto podía estallar en cualquier momento. Y aunque llevaba semanas sin tener contacto con ella, presentí