Samantha caminaba con prisa, sus tacones resonaban con fuerza en el suelo empedrado del conjunto residencial privado que ella misma había financiado para su cómplice. La brisa nocturna le revolvía el cabello y el silencio del lugar le provocaba un mal presentimiento que no supo explicar de inmediato. Apretaba el celular en su mano mientras revisaba, una vez más, el registro de llamadas: seis intentos de comunicación con la doctora. Todos sin respuesta. Todos recientes. Todos ignorados.
—¿Dónde