La puerta se cerró con un suave clic, pero el eco de la visita de Eliana pareció retumbar por toda la casa. Cristina se quedó de pie en medio de la sala, inmóvil, con la espalda recta y la mirada fija en ningún punto en particular. Ernesto caminó hacia la ventana, corrió un poco la cortina y la vio alejarse con pasos firmes por el sendero de piedra. Luego la soltó y se giró, su rostro pálido, casi desencajado.
—No puede ser… —murmuró Cristina finalmente—. ¿Cómo se dio cuenta?
Ernesto no respond