La mañana se había abierto paso lentamente entre los pliegues de las cortinas. Un rayo de sol acariciaba el borde de la mesa, avanzando sigiloso por la madera hasta tocar los dedos entrelazados de Eliana, que estaba sentada desde hacía rato, con la mirada clavada en un punto fijo de la sala. El silencio no era incómodo. Era denso, reflexivo, el tipo de silencio que no pide palabras, porque sabe que lo que está por decirse será demasiado importante.
José Manuel entró con dos tazas de café en la