La casa dormía.
Los segundos se escurrían como agua, invisibles pero presentes, marcando un tiempo en el que casi nadie respiraba despierto… salvo ella.
Eliana se removió bajo las sábanas por quinta vez. Miró el techo en penumbra, luego giró para mirar a Samuel, dormido con su peluche apretado contra el pecho. Su rostro, dulce y relajado, parecía flotar en un mundo sin heridas. Ese mundo del que los adultos se desterraban con cada año.
Ella, sin embargo, no lograba tocar ese mundo.
El cuerpo qu