La madrugada se colaba por las rendijas de la casa como un susurro tenue, abrazando las paredes con una calma engañosa. Todo estaba en silencio, salvo los latidos —los de Eliana y José Manuel—, que resonaban en el centro de esa habitación como tambores apagados.
Eliana seguía sentada, cubierta con la sábana que él le había puesto con tanto cuidado. A su lado, José Manuel apenas se atrevía a respirar. Había palabras suspendidas entre los dos. Algunas dolían, otras suplicaban ser dichas. Pero nin