Eliana estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y los brazos rodeando una almohada. La habitación estaba en silencio, iluminada solo por la lámpara de noche. Isaac, recostado en la butaca junto a la ventana, la observaba con discreción. Ambos llevaban varios minutos sin decir una palabra, pero el aire estaba cargado de pensamientos no dichos.
—Isaac… —dijo ella, rompiendo el silencio con una voz baja pero firme.
Él giró suavemente el rostro hacia ella, atento.
—¿Qué crees que debería